viernes, 7 de noviembre de 2014

I

Entré en la sastrería, muy pequeña y muy oscura, y por algún motivo el sastre no me quería atender, así que bajé yo mismo a su sótano.

Encontré doce personas encadenadas a la pared, que sollozaban con gemidos sordos. No podían ver y no podían hablar, porque sus párpados y sus labios estaban cosidos.

Pensé que el sastre se iba a enfadar, pero simplemente se quedó a mi lado. Le pregunté cómo pudo haber hecho eso.

"Oh, pero ellos son madera, son metal, son cualquier cosa menos personas. Llevan tanto tiempo aquí atados que ni siquiera tienen alma."

Entonces le miré y comprendí. Abandoné la sastrería con una sensación incómoda, pero no dije nada sobre el sastre. De algún modo, éramos iguales.

Y el lo sabía.

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