sábado, 29 de junio de 2019

XII

Recuerdo haberle hablado, nos llevábamos bien, íbamos a vernos, dar un paseo y, no sé, no sé qué haríamos.

Aquella noche soñé con ella. Yo estaba patinando por el espigón del puerto, de algún puerto, no sé cuál sería porque en mi pueblo no había ninguno. Al final estaba ella. No hacía muy buen tiempo, el viento soplaba fuerte y el agua fría de las olas chocaba contra las rocas y te mojaba y te llenaba de sal la cara.

Me costó mucho llegar a ella.

Cuando llegué, no me encontraba bien, algo no estaba bien. Sentía que había gente alrededor pero no podía verles, o quizá sí y eran siluetas negras que paseaban y no tenían cara, y miraban a la nada por los típicos prismáticos que funcionan con monedas. No lo recuerdo.

Lo que sí recuerdo era su cara cuando se volvió. Dijo algo, pero eso es lo de menos. Sus ojos estaban hinchados, y rojos, llenos de sangre, pero marcados con líneas, como el suelo cuando se seca y se agrieta. De la misma forma, había grietas negras en sus ojos, y la sangre salía de ellos como plastilina pasando a través de los agujeros de un colador.

Poco después me desperté. Apenas hablo con ella una vez cada varios años.

sábado, 24 de enero de 2015

XI

Le veo constantemente. En la calle, caminando, asomado a una ventana, al otro extremo de la calle, detrás de un escaparate, a lo lejos en la distancia. En mis sueños. Entre la muchedumbre. Mirándome fijamente, sin pestañear.

Piensas que solo es una cara anónima que has registrado y reproduces en tu subconsciente. Pero más que eso. Es algo recurrente. Le ves despierto, le ves dormido. Sabe algo que tú no sabes. Te estudia. Te persigue. Te acosa.

No es un hombre. Es más que un hombre. Viaja por tus sueños y por el mundo real. No conoce barreras. Hace y deshace a su antojo. Eres de su propiedad.

sábado, 20 de diciembre de 2014

viernes, 28 de noviembre de 2014

IX

Había una ciudad envuelta en niebla, a la orilla de un río en la falda de una montaña, que solo podía ser encontrada por aquel viajero que, perdido por los antiquísimos caminos perdidos de la cordillera, atravesara la bruma que cubría la ciudad de forma permanente intentando encontrar una salida al valle.

Nadie salía nunca de ella, pero la tierra alrededor de ella mostraba signos de vida humana: los campos estaban cultivados, los aserraderos cercanos, aunque desiertos, se encontraban lo bastante limpios como para asegurar que aún bullían de actividad, y las antorchas de las paradas de posta cercanas se encendían todas las noches, a pesar de que nadie las visitaba ya.

Al entrar en la ciudad, a uno le rodeaba el bullicio propio de las grandes poblaciones. La gente iba y venía, los comerciantes vendían en sus puestos, las señoras compraban comida y fruta, los hombres trabajaban en los talleres, y los nobles se preparaban para la guerra. Pero sin embargo, a todos ellos les envolvía una tristeza insuperable. Las expresiones de sus caras eran gélidas, y sus miradas arrancaban todo el calor del corazón que se asomara a ellas.

Era una ciudad de muertos que llevaban siglos atrapados, repitiendo sus rutinas una y otra vez. Cualquier vivo que entrara en ella captaba inmediatamente la atención de la guardia fantasma, que le aprisionaba, le ejecutaba, y obligaba a su alma a vagar para siempre por las calles en busca de un consuelo que jamás llegaría.

martes, 25 de noviembre de 2014

VIII

Hace poco tuve una visión horroríficamente reveladora. Fue como ver un fotograma cambiado en un rollo de película, algo tan sutil y rápido que no pude retener la imagen en mi memoria, pero cuyo impacto quedó grabado a fuego en mi mente.

He sufrido la revelación más impactante que ha recibido ningún ser humano jamás. Mi vida, mi realidad, no es nada, una alucinación en la que ando sumido desde siempre. Pude verme a mí mismo en un oscuro pozo, encadenado a la pared, mientras, presa del horror más desmedido, castañeaba, tiritaba, y movía la cabeza de un lado a otro. Estoy famélico, con el pelo largo y asqueroso, y los ojos siempre muy abiertos.

No puedo evitar pensar en escapar hacia la realidad, cobrar conciencia y desatarme del muro, luchar por mi vida real, no por esta existencia hueca e incoherente, rodeado de personas que me son plenamente desconocidas y por las que nunca he llegado a sentir el más mínimo interés.

Pero también tengo una terrible corazonada sobre la imposibilidad de salir de mi sueño. ¿Y si el tiempo transcurre distinto en cada plano de realidad, y mientras en mi vida han transcurrido años, en mi existencia real sólo están transcurriendo los últimos instantes de una agonía terrible hacia la muerte? ¿Y si al perecer simplemente coincidirán los momentos de mi expiración en ambas realidades? ¿Y si en la realidad soy el producto de mi propio sueño, un sueño conscientemente creado para no sucumbir a la locura de una eterna tortura?

lunes, 17 de noviembre de 2014

VII

Siento sangrar mi cabeza. En el interior la sangre recorre lentamente los pliegues del cerebro, inunda mi cráneo, y se precipita al vacío como un líquido espeso y oscuro. El dolor es insoportable, y poco a poco voy perdiendo las fuerzas, pierdo la voluntad y el ánimo. El tiempo transcurre más lento, los colores se convierten en gris, y los sonidos se oyen apagados.

Al cabo de un rato despierto, pero el dolor sigue ahí arriba. Entonces pienso que no he estado soñando, y creo... creo que tengo razón.

domingo, 16 de noviembre de 2014

VI

Si haces el esfuerzo con un ojo de desenfocar lo que estás viendo y miras fijamente un punto brillante desenfocado, el punto se convierte en un reflejo exacto de tu iris, aunque no puedes notarlo bien. Existe una forma de ver dentro de tu propio ojo si sabes cómo hacerlo.

Si mantienes la mirada con tu propio ojo durante mucho tiempo, es muy probable que, durante un único instante, consigas ver más allá. Echar un vistazo a tu alma. Conocer mejor a la persona que crees ser.

Vosotros podéis intentarlo, aunque yo, cada vez que he querido hacerlo, apenas he podido ver una sombra borrosa.