viernes, 28 de noviembre de 2014

IX

Había una ciudad envuelta en niebla, a la orilla de un río en la falda de una montaña, que solo podía ser encontrada por aquel viajero que, perdido por los antiquísimos caminos perdidos de la cordillera, atravesara la bruma que cubría la ciudad de forma permanente intentando encontrar una salida al valle.

Nadie salía nunca de ella, pero la tierra alrededor de ella mostraba signos de vida humana: los campos estaban cultivados, los aserraderos cercanos, aunque desiertos, se encontraban lo bastante limpios como para asegurar que aún bullían de actividad, y las antorchas de las paradas de posta cercanas se encendían todas las noches, a pesar de que nadie las visitaba ya.

Al entrar en la ciudad, a uno le rodeaba el bullicio propio de las grandes poblaciones. La gente iba y venía, los comerciantes vendían en sus puestos, las señoras compraban comida y fruta, los hombres trabajaban en los talleres, y los nobles se preparaban para la guerra. Pero sin embargo, a todos ellos les envolvía una tristeza insuperable. Las expresiones de sus caras eran gélidas, y sus miradas arrancaban todo el calor del corazón que se asomara a ellas.

Era una ciudad de muertos que llevaban siglos atrapados, repitiendo sus rutinas una y otra vez. Cualquier vivo que entrara en ella captaba inmediatamente la atención de la guardia fantasma, que le aprisionaba, le ejecutaba, y obligaba a su alma a vagar para siempre por las calles en busca de un consuelo que jamás llegaría.

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