martes, 25 de noviembre de 2014

VIII

Hace poco tuve una visión horroríficamente reveladora. Fue como ver un fotograma cambiado en un rollo de película, algo tan sutil y rápido que no pude retener la imagen en mi memoria, pero cuyo impacto quedó grabado a fuego en mi mente.

He sufrido la revelación más impactante que ha recibido ningún ser humano jamás. Mi vida, mi realidad, no es nada, una alucinación en la que ando sumido desde siempre. Pude verme a mí mismo en un oscuro pozo, encadenado a la pared, mientras, presa del horror más desmedido, castañeaba, tiritaba, y movía la cabeza de un lado a otro. Estoy famélico, con el pelo largo y asqueroso, y los ojos siempre muy abiertos.

No puedo evitar pensar en escapar hacia la realidad, cobrar conciencia y desatarme del muro, luchar por mi vida real, no por esta existencia hueca e incoherente, rodeado de personas que me son plenamente desconocidas y por las que nunca he llegado a sentir el más mínimo interés.

Pero también tengo una terrible corazonada sobre la imposibilidad de salir de mi sueño. ¿Y si el tiempo transcurre distinto en cada plano de realidad, y mientras en mi vida han transcurrido años, en mi existencia real sólo están transcurriendo los últimos instantes de una agonía terrible hacia la muerte? ¿Y si al perecer simplemente coincidirán los momentos de mi expiración en ambas realidades? ¿Y si en la realidad soy el producto de mi propio sueño, un sueño conscientemente creado para no sucumbir a la locura de una eterna tortura?

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