Recuerdo haberle hablado, nos llevábamos bien, íbamos a vernos, dar un paseo y, no sé, no sé qué haríamos.
Aquella noche soñé con ella. Yo estaba patinando por el espigón del puerto, de algún puerto, no sé cuál sería porque en mi pueblo no había ninguno. Al final estaba ella. No hacía muy buen tiempo, el viento soplaba fuerte y el agua fría de las olas chocaba contra las rocas y te mojaba y te llenaba de sal la cara.
Me costó mucho llegar a ella.
Cuando llegué, no me encontraba bien, algo no estaba bien. Sentía que había gente alrededor pero no podía verles, o quizá sí y eran siluetas negras que paseaban y no tenían cara, y miraban a la nada por los típicos prismáticos que funcionan con monedas. No lo recuerdo.
Lo que sí recuerdo era su cara cuando se volvió. Dijo algo, pero eso es lo de menos. Sus ojos estaban hinchados, y rojos, llenos de sangre, pero marcados con líneas, como el suelo cuando se seca y se agrieta. De la misma forma, había grietas negras en sus ojos, y la sangre salía de ellos como plastilina pasando a través de los agujeros de un colador.
Poco después me desperté. Apenas hablo con ella una vez cada varios años.
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